No
escribí todo lo que yo quería decir, solo algunas frases, algunas sensaciones,
ideas, finalmente escribí lo que otro me decía, no se quién, como si pudiera escribir
solo lo que me dictaba lo que me iba saliendo más allá de la idea inicial, la
intención truncada, desviada por algo que hacía salir otra cosa. Será que la
poesía no es para escribir lo que uno quiera, sienta, intente, sino lo que la
poesía quiera de nosotros o ni siquiera, tal vez será que en la poesía la
intención no existe y sea solo un estado de escritura y corrección que hasta
ahora dudo sea la nuestra original decisión.
Cuando el poema esta
que pela y no lo podés sostener en las manos, ese poema es para vos, te tocó.
Más valioso todavía
el poema efímero, que sucede solo allí y no se repite más en otra lectura, que
no se sostenga una vez dicho, escrito y leído, que fuese único esa vez y ya.
Una poesía de cables
pelados, de filo de cuchillo que despotrica, violenta que hace uso de este
recurso permanentemente primero gusta, después se hunde. Hasta el hartazgo.
Tengo las palabras,
me falta el contenido, lo que quiero decir, cuando los poetas dicen esto, digo
no, si tengo las palabras tengo todo, la palabra en poesía tiene valor en si
misma, distinto al valor discursivo de la narrativa, y me acuerdo de la máxima
de Ezra Pound: no poner en poesía lo que puedas poner en narrativa.
Escribir
como disparos fotográficos y luego en el ensayo general, borrar las fotos que
no están en cuadro o no nos gustan, pero no andar cambiando las palabras, durante
la función, podría ser interesante como muestra dinámica, plástica del making
on o puede ser el desastre. De nada sirve el poema que es como esos dibujos
para niños, para que los coloreen, para que no aprendan a irse de las líneas, o
esas formulas bis repetidas, sino el que arriesga a ir más allá, a otra
ruptura, a esa rompiente de olas para escuchar su verdadero sonido, su esencia.

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