Luis Hernández. El médico poeta donde cada poema es un medicar. Pablo Queralt.
Luis Hernández ejerce el ritual del poema sencillo, con palabras de uso
común de nuestra habla diaria pero utilizando elipsis, analogías, juegos
poéticos y remates en el ritmo de su respiración, “el soñador de sueños” que
conoce el corazón de las intensidades creadoras. Rompe con el formalismo este
médico poeta donde cada poema es un medicar, una palabra justa para cada alma-
cuerpo que lo necesite y allí produce la interacción esencia- poema/esencia-
ser. Aliteraciones, operaciones literarias en el lenguaje llano de una poesía
potente con declaraciones “yo creo en el plagio y con el plagio creo” como una
ley de similitud o semejanzas es decir curo con aquello que enferma y les doy
de su medicina a los solemnes creadores de juicios y pre. Hace un todo de sus
poemarios con su lenguaje: la ubicación de las palabras, cambiando su orden
adelantándolas, atrasándolas, superponiéndolas, yuxtaponiéndolas, cortando el
verso, en todas sus variedades. Versos cortos como conversados, de secretos a
voces haciendo que la realidad funcione en el poema, donde abundan los recursos
médicos como el nervio del deltoides que hace que alguno quiera a otro en su
soledad, hay una fuerza que aúna el compuesto sustancial en cada poema vivo,
circulatorio, expansivo como un toque corto que abre espacios al campo de lo
inesperado. Ver llover dorado, la sombra, el halito del verano, el borde del
océano, describirlo y guardarlo en el corazón el verano. Una forma de vivir, ver
sin detenerse así de simple hablar- escribir porque hablar con el otro es
hablar consigo y hacer del espacio vivido, poesía- relato- sensación
inextricablemente mezcladas. Los ojos humanos son así, fotógrafos ambulantes
misma cerveza, Lima, Perú toda. El poema es como beber agua del caño, fácil,
simple, gratis, dado, en medio del jardín mirando poesía. Donde pueden
escucharse las campanas de la ciudad, y la ruda que todos llevamos dentro de
nosotros mismos, no son memorias, no. Esa es la historia de esta escritura que
no es de hoy ni de ayer, sino de un tiempo que pasó y no ha sido cantado. Pero
como bebe agua también bebe vino, el largo y sinuoso camino del amor, que atrae
hacia el amor, lo olvidado, la pureza, la serenata de Dvorak, el valor de la
música, su claro de luna, relumbrante “lo que cantara el corazón si cantara lo
que yo siento, la canción indescifrable”. Canta a su barrio natal, al mismo sol de todo
lo que alguna vez amamos, allí descansa el universo y su reflejo. Del amor y su
mundo anterior es la vida que lleva la escritura, un tiempo del misterio -de
las almas y la luz- en ninguna palabra que ha sido dicha ese es su soñar, su
querer. El poeta se juega todo pone en el papel, en el soporte: su triste
melancolía, su esperanza, su sol brillante, el día bello, se apuesta a sí
mismo, se juega su dinero, la cerveza, es fiel en el día a día y aunque feliz
rompe a llorar, porque no es feliz la totalidad, la empatía que vence a la
elocuencia, por eso es la alegría extraña de quien contempla, al mar con todas
las variantes de estado en el mismo día- lugar. Porque los mortales estamos
acosados. El poeta habla con sus amistades como el sargento Peppers porque
también es un integrante del club de corazones solitarios, le dice yo no soy si
el incurvado universo me rechaza y canta con Shelley en su impecable soledad
cantada en sonetos que escribe el poeta, una música entre dardos y whiskies,
una soledad que acompaña pero no mata. Pero que mantiene en su misterio un vacío
que no es vacío sino plenitud, esa máquina ejercita. Transpone la estupidez
social porque nadie puede ocultar su origen, su propia poesía, quien escribe su
preludio con su vida, triste- alegre porque sabemos todos que es el amor pero
solo el poeta puede describirlo. Que música hay detrás de la música del poeta
que música escuchó, supongo, intuyo a María Bethania, Paco Ibañez, Chabuca,
Zitarrosa, Inti Ilimani, Victor Jara, poemas de Nicanor, la canción Gracias a
la vida de Violeta Parra, que poetas Westphalen, Hinojosa, Sologuren, Eguren,
Moro, Adán, Neruda, Vallejos en fin un imaginario que surge de sus versos y por
supuesto los clásicos a los que alude en sus versos los románticos ingleses
Collerigde, Byron, Shelley, Keats, Taylor. Esa soledad que está siempre
acompañando sus versos porque el desierto no admite compañía, donde el
silencioso cuerpo va al son de las sinfonías pero sabe que las balas pueden más
que los versos al menos en este mundo. Pero como nuestro mundo, el de la poesía
es otro vamos en la melodía inusual donde la armonía no puede ser quebrada,
allí no murieron Chicho (Allende), Pablo (Neruda), están en una luz que se
filtra en el muy tierno y bellaco corazón que palpita en el pecho. Un poeta que
hay que escuchar porque habla en sus versos con la canción de una América que
baila, tirita de amor. Porque en la
poesía no hay orden ni desorden, ella está en el corazón, en cada suceso, es la
esperanza, la joya que canta en la lengua del mudo, el rastro luminoso. Se escribe
epigrafiando con sueños y amor, es la dulce sensación la que prescribe stelazine
5 cuando baja la glucosa. Grande es el dolor y “tempus brevis est”. La rima
corta y galáctica que va en sus pasos como quien da vida a la canción, con
sonidos semejantes al Do, al Fa, una consulta en la calle, los libros de sus
poetas, van al pie de verso en verso dichos al oído de la sensación.
Romanticismo revolucionario de overol y frac de poeta, que escucha a sus
maestros en odas, ironías y tristezas de cantina, mar y luna todo lo que
pretexta hacia la vagancia cuando quiere escribir porque “nada hay más
autobiográfico que la vida”.
Luis Hernández nació en Lima en 1941 murió en Buenos aires en 1977.
Escribió los libros Orilla, Charlie Melnik, Las constelaciones. Su obra póstuma
Vox horrísona por Nebli.
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